miércoles, 14 de agosto de 2013

San Anselmo y el argumento ontológico

San Anselmo vivió entre los años 1033 y 1109. Después de ser prior y abad del Bec, fue nombrado arzobispo de Canterbury. Toda la vida de San Anselmo fue dedicada al estudio y a la vida religiosa. Fue el fundador de la Escolástica y, en sus investigaciones, está inmerso en la tradición patrística. Sus obras principales fueron Monologion y Proslogion.

Las obras de San Anselmo están dedicadas sobretodo a la demostración de la existencia de Dios. Antes de entender para creer, San Anselmo cree para entender. La fe es la que conduce al saber, porque busca la intelección a través de la búsqueda de Dios. Sin fe, es decir,  sin amor, no se podría llegar a la vedad de Dios.

"El cristiano debe avanzar por medio de la fe hacia la inteligencia, no llegar por la inteligencia a la fe [...]" (Epístola XLI).

El argumento ontológico

En el Monologion, San Anselmo da varias pruebas de la existencia de Dios. La más importante es una que desde Kant se conoce como el argumento ontológico.

San Anselmo se vale del Salmo 13: "Dijo el insensato en su corazón, no hay Dios". Si el insensato niega a Dios entonces entiende lo que dice, es decir, sabe que hay un  Dios todopoderoso; por tanto, Dios está en su entendimiento. Y si Dios existe solo en el pensamiento, se puede pensar que también existe en la realidad. Hasta ahora el argumento ontológico es un tema central para la filosofía.


lunes, 12 de agosto de 2013

El problema de los universales en la Edad Media

El asunto de los universales se extendió durante toda la Edad Media, incluso se dice que la Escolástica gira en torno a este problema. Los universales son los géneros y las especies, y se oponen a los individuos aunque se relacionan a ellos. Por ejemplo, se tienen muchos árboles de la especie árbol, o muchos hombres de la especie hombre y del género animal. Los universales ya se discutían en Grecia, sobretodo Aristóteles, fue él quien planteó el problema en su obra Metafísica.

El problema es si los universales son o no son cosas. Hubieron dos posiciones extremas: el realismo y el nominalismo. El realismo afirma que los universales son cosas, o sea, están en todos los individuos y no hay diferencia entre ellos, solo accidentes que hacen que parezcan diferentes. El realismo fue representado por San Anselmo y Guillermo de Champeaux.

El nominalismo plantea que lo que existe son los individuos y no hay nada en la naturaleza que sea universal, es decir, los universales no son cosas y solo existen en la mente. Su principal representante fue Roscelino de Compiègne.

Después aparece un realismo moderado que considera que el individuo es la sustancia primera, pero para explicar la realidad individual es necesario un principio de individualización; es decir, el individuo es la realidad, pero es individuo de una especie. Así, los universales son productos de la mente, pero tienen su fundamento en las cosas. En esta posición se tiene a San Alberto Magno y Santo Tomás.

Finalmente, el nominalismo, con Guillermo de Ockam y Juan Escoto Eriúgena, se impone negando en absoluto la existencia de los universales en la naturaleza, son productos exclusivamente de la mente. Las cosas se conocen mediante sus conceptos y estos son universales, es decir, el conocimiento va a ser simbólico: el hombre renuncia a las cosas y se resigna a quedarse sólo con sus símbolos.


sábado, 10 de agosto de 2013

La creación en la Edad Media

En la Edad Media, el dogma cristiano parte de la nihilidad del mundo, de la nada, o sea, ese era el problema, no ser una nada. En estas circunstancias Dios es creador y el mundo creado. Así pues, la creación aparece como el primer gran problema metafísico de la Edad Media, del cual parten todos los demás.

Considerando la nihilidad, la creación es creación de la nada y de la nada nada puede hacerse sin la intervención de Dios, por eso es él el creador. Según Santo Tomás, la creación es demostrable mas no su temporalidad que solo es conocida por revelación. Pero el mundo no es suficiente para tener existencia, es menester también la conservación. Y para esto el mundo necesita a Dios quien es su fundamento ontológico.

El nominalismo de los últimos siglos del medioevo puso en duda aquellas afirmaciones, sosteniendo que no es necesaria la creación continuada, o sea, el mundo no necesita ser conservado o resguardado. La única acción de Dios en la existencia del mundo se reduce a no destruirlo, a dejarlo ser.

Así, el proceso del problema de la creación conlleva a una mayor independencia de la criatura respecto del creador alejando al hombre de Dios. Porque al no ocuparse Dios de los asuntos del mundo tampoco se ocupa de los problemas del hombre.


miércoles, 7 de agosto de 2013

La escolástica: géneros literarios, teología y filosofía

A partir del siglo IX aparecen escuelas con un saber particular en cada una ellas, esta etapa se llamó Escolástica. Los conocimientos que se cultivan son principalmente teológicos y filosóficos. Aunque la filosofía estuvo subordinada a la teología, esto fue solo en apariencia, pues la teología utilizó la filosofía a su antojo.

La filosofía no sirve para nada, todas las ciencias son más útiles que ella, aunque ninguna es superior. Porque para vivir no se necesita de la filosofía, tampoco de las ciencias, aunque éstas facilitan mucho la vida exterior. La filosofía está acullá de la ciencia, pues no se vale de axiomas.

Durante este periodo se desenvolvieron los géneros literarios escolásticos, estos fueron desarrollados por padres de la iglesia que mayoritariamente eran teólogos y filósofos. Entre estos géneros están los comentarios, referidos a libros que se estudiaban; las cuestiones, grandes repertorios de problemas muy polémicos, cuando las cuestiones se trataban separadamente en pequeñas obras se las llamaban opúsculos; por último, las grandes doctrinas medievales, las supremas o sumas, en que se resumen el contenido doctrinal de la Escolástica. La suma principal es la de Santo Tomás, la Suma Teológica.

Por fin, es oportuno señalar que los temas cardinales de la filosofía en la Edad Media fueron el de la creación, el de los universales y el de la razón.


lunes, 5 de agosto de 2013

Cuatro siglos sin filosofía, las siete artes liberales

Después de la muerte de San Agustín hay un espacio vacío de filosofía, entre el siglo V y el IX, en los que propiamente no se crean sistemas filosóficos. La caída del Imperio Romano a manos de los bárbaros precipita el desorden que se va a generar culturalmente, pues los elementos culturales se pierden en gran parte o por lo menos se dispersan perniciosamente.

Así pues, el trabajo intelectual en estas centurias se limita a la recopilación, pues no se da una labor creadora. El pensador más importante de aquellos tiempos fue San Isidoro de Sevilla cuya máxima obra es Etimologías, que es una composición de veinte libros. Otros importantes representantes de esos siglos son: Boecio y Marciano Capella en Italia, San Beda, Alcuino, Rhaban Maur, etc.

Las siete artes liberales, o sea, el trívium y el quadrívium, ya aparecen en la obra de Marciano Capella. El trivio se compone de tres artes liberales: gramática, retórica y dialéctica; el cuadrivio se divide en cuatro artes liberales: aritmética, geometría, astronomía y música. Estas artes se oponían a las artes vulgares o serviles que también eran llamadas artes mecánicas por tratarse de ocupaciones manuales. Estos conceptos fueron muy utilizados sobretodo en la Edad Media, después en la Edad Moderna.


sábado, 3 de agosto de 2013

El pensamiento de San Agustín

Su pensamiento gira en torno a Dios y el alma. Son tres los centros de especulación de San Agustín: Dios, el espíritu y la relación de ese espíritu con Dios en la ciudad.

El planteamiento agustiniano antepone el amor y la caridad a la vida intelectual del hombre: el conocimiento no se da sin amor. El propio origen de su pensamiento está en la religión que mueve su filosofía.

Su dialéctica se basa en el alma, en lo interno. Se llega a Dios desde la intimidad del hombre. El hombre es el reflejo de Dios, su propia imagen, por eso para encontrar a Dios hay que buscar en lo interior, rebuscar en los adentros. Así, alejarse de Dios es como vaciarse, expeler las vísceras. En cambio, encontrarse a sí mismo entrando en sí propio es encontrar la divinidad. Es decir, vivir solo en el mundo sensible es apartarse de Dios, entrar en uno y prescindir de los sentidos es acercarse a Dios. Regocijarse en lo material es desviarse del camino divino, añorar lo inmaterial es aproximarse a lo celestial.

El motor del alma es el amor. El amor determina y califica la voluntad. El amor bueno o caridad es el punto central de la ética agustiniana: "Ama y haz lo que quieras". Así pues, San Agustín pide al hombre entrar en sí mismo y encontrar a Dios y con ello determina una de las dos grandes direcciones del cristianismo, la de la interioridad.


jueves, 1 de agosto de 2013

La conversión al cristianismo de San Agustín

La patrística y la lucha por asentar el cristianismo culmina con la aparición de San Agustín quien consuma el dogma cristiano. Este africano se convierte en el último hombre de la antigüedad y el primero de la modernidad. Su pensamiento resume el mundo antiguo y anuncia el mundo moderno que se inicia con él mismo.

Aurelio Agustín nació en Numidia, cerca de Cartago, el 354. Quiso a su madre apasionadamente, una mujer llamada Mónica, de gran virtud y profundo espíritu cristiano. 

Al principio se desentiende del cristianismo y prefiere escudriñar en el maniqueísmo. Fue con San Ambrosio que es iluminado por la luz de la fe, entonces se convierte a la cristiandad. Poco a poco se sumerge en la dogmática cristiana. El año 386 es decisivo: "Siente en el huerto milanés una crisis de llanto y desagrado de sí mismo, de arrepentimiento y ansiedad, hasta que oye una voz infantil que le ordena: toma y lee. Agustín coge el Nuevo Testamento y al abrirlo lee un versículo que alude a la vida de Cristo frente a los apetitos de la carne. Se siente transformado y libre, lleno de luz; el obstáculo de la sensualidad aparece en él. Agustín es ya totalmente cristiano".

Sus obras principales son: Confesiones, una obra autobiográfica; y La Ciudad de Dios, donde expone los fundamentos de su pensamiento.